← blog

Duende de la suerte

Dos por tres me agarra por preguntar, y pregunto. ¿Crees en dios? ¿De qué cosas te arrepentís? ¿Dónde va la luz cuando se apaga? Y me encanta escuchar las respuestas y repreguntar y charlar horas enteras sobre si puede haber un infinito más grande que otro o si existe un antónimo para la palabra susto. Para algunos son boludeces, y estan en todo su derecho; para mi es un placer.

El problema de los diálogos incómodos suele darse cuando en reuniones con terceros (novias de amigos, amigos de amigos y demás apéndices) pregunto algo que no debía preguntar. Por suerte suelo darme cuenta a tiempo y aborto la misión. Pero no corro con la misma suerte cuando me hacen preguntas incómodas. Incómodas no por personales, absurdas o profundas, sino por estúpidas. Cuando la ex de mi amigo me miró con cara de me-muero-por-saber y tiró: —¿Vos de que signo sos?, respondí respetuosamente, por amor a mi amigo.

— De Piscis.─Fue mi primer error, porque fue abrir una puerta hacia arenas movedizas infranqueable.
— Con razón─ asintió haciéndose la Ludovica Squirru.─“Por eso te llevás bien con ella.─ Esa frase entró por mis oídos y provocó un corto circuito.
— Si, claro. ─Respondí con una sonrisa falsa, tratando de dar por finalizada la conversación.

No pude, no supe, no tuve la cintura necesaria como para cambiar de tema o decir amablemente: «no me interesa en lo más mínimo saber si la luna está mi casa o si es el año de acuario».

Y por no poder, por no saber, por no tener, sobrevino un monólogo astral imparable. Por respeto a su paciencia no voy a describir lo que oí esa noche, pero les juro que fueron 30 minutos de eternas descripciones zodiacales. Hubo dos momentos en los que, con todo respeto, intenté aclarar mi postura escéptica acerca de los signos y el destino marcado, pero solo conseguí un “claro, típico de tu signo no creer en los astros”.

Mantuve la calma solo por la mirada de puchero de mi amigo, que parecía decirme: «por favor no opines, no me arruines la noche, dejame ponerla y después opiná tranquilo». Pero el cariño fraterno tiene sus límites, y al escuchar «en ese rincón tendrías que poner una fuente de agua con un duende de la suerte, no tenés que ser tan cerrado», sentí una mezcla de risa y furia que no pude frenar.

Amigo… lamento la noche que no te hice pasar.